martes, 4 de noviembre de 2014

Oruro, ingleses, chilenos y fútbol

Notas sobre ‘otro fútbol’ boliviano
Juliane Müller y Mario Murillo - investigadores
Dicen que, de joven, don Juan Lechín fue a trabajar en Siglo XX-Catavi porque jugaba muy bien al fútbol. En El katarismo de Hurtado se lee que don Genaro Flores reunía a las comunidades del altiplano con encuentros de fútbol y que, por ahí, se habría ido conformando la CSUTCB.
Luis H. Antezana, Un pajarillo llamado “Mané”
El relato convencional que cuenta la historia del fútbol boliviano vincula la llegada de ingleses para la construcción de ferrocarriles y la fundación del Oruro Royal, el primer club en el país, el 26 de mayo de 1896. En la ciudad de Oruro, el juego, entretenido y accesible, llegado a Bolivia y a los demás países latinoamericanos desde otro hemisferio fue seduciendo a los vecinos y desde ahí se diseminó hasta otras capitales departamentales.
Esa versión dirige su mirada al devenir de las asociaciones deportivas urbanas: los clubes de fútbol que se formaron en las ciudades y las entidades bajo las cuales se afiliaron. La historia narra las etapas que estas entidades vivieron: primero el amateurismo, después el “profesionalismo” hasta la Liga del Fútbol Profesional Boliviano. Y relata tanto la evolución de los equipos locales como de la selección nacional, con un énfasis en las transiciones que estas organizaciones han ido atravesando hasta llegar al actual sistema federado.
Sin embargo, la diseminación del fútbol en Bolivia ha sido más diversa de lo que tal versión pone de relieve. En algunos lugares empezó a practicarse tempranamente, en otros relativamente tarde. Las condiciones que posibilitaron esta recepción fueron diferentes. Mientras que en Oruro el ferrocarril, la minería y el personal inglés y chileno de ambos sectores resultaron determinantes, en La Paz el fútbol ganó jugadores gracias a marineros e ingenieros ingleses, estudiantes bolivianos retornados de Inglaterra y misiones religiosas. En Tarija y en áreas rurales fronterizas de Oruro y de La Paz, parece clave la migración circular a Argentina y Chile, donde los migrantes partieron para trabajar en la agricultura del norte argentino y como vendedores de carnes y verduras de la economía salitrera chilena.
La historia de la popularización del fútbol ha de tomar en cuenta dimensiones aún más particulares: incontables historias sobre la llegada del fútbol a comunidades y escuelas mediante una persona concreta y en una situación singular. Müller comparte la historia que narra Toribio Claure en un libro de recuerdos sobre la escuela rural de Vacas (Cochabamba) en la década de 1930, mientras Quisbert cuenta qué tejemanejes se urdieron en 1953 alrededor del Primer Campeonato Obrero de Fútbol. En esta trama, el fútbol fue extendiéndose también entre 1910 y 1940 a través de las escuelas indigenales.
WARISATA. Una de las expresiones más interesantes de este proceso es el caso de Warisata, que Müller analiza en este volumen. Paralelamente al fútbol boliviano oficial, el balompié con pelota de trapo (tejeta) ha existido al menos desde la década de 1920 en el departamento de La Paz, seguido por el fútbol jugado en los sectores populares e indígena-campesinos, ya más institucionalizado. El artículo histórico de Quisbert reconstruye cómo la práctica del fútbol poco a poco fue arraigándose en Bolivia hasta la Revolución de 1952, que aceleró su popularización. El autor arroja luz, también, sobre otro aspecto de esa historia: en las áreas rurales, el fútbol se ha visto íntimamente ligado al surgimiento de los sindicatos campesinos, cuyas directivas incluían secretarías de deporte dedicadas, casi en exclusividad, a la organización de campeonatos de fútbol.
Estas historias demuestran que la institucionalidad, creada para organizar la competición, no fue desde el principio un atributo solamente del fútbol federado. De hecho, pensamos que uno de los rasgos significativos en esas otras narrativas es la intención por normar y regular la práctica futbolística y de esta manera ritualizarla en términos competitivos.
El fútbol como juego que opone y contrapone, en diversos niveles, a personas y comunidades, a equipos y facciones, no tiene rival en Bolivia. Es la actividad que cuenta con más seguidores y practicantes. Mueve más recursos que todos los deportes en su conjunto. A través de la selección boliviana, el fútbol expresa la implicación social colectiva en el “Espíritu Nacional” y se hace presente en las calles y en las escuelas. Es más, a lo largo del tiempo, una minuciosa labor de creación de instituciones ha ido expresando una organización en colectivos, estructurada pero disruptiva de las obligaciones cotidianas.
LIBRO. En este libro nos hemos propuesto estudiar diversas facetas del fútbol boliviano, por fuera de las federaciones mayores: cómo en Bolivia el fútbol ha devenido una herramienta de organización social y una importante fuente de sentido, donde juegan lo suyo la competitividad y la ritualidad. Los textos aquí reunidos transitan los caminos del balón, lo siguen por campeonatos, ligas y asociaciones sociales y deportivas en barrios periurbanos, en comunidades rurales, y en países donde ha llegado una fuerte migración boliviana. Ninguno de estos procesos pertenece al sistema federado. Sin embargo, como veremos más adelante, eso no implica que sean espontáneos y privados de toda formalidad; antes bien, todos los partidos y eventos que se tratan en este volumen son actos públicos, que requieren cooperación y promueven compromisos.
La organización, la competencia, los espectadores, el entrenamiento y la dedicación como practicante se asocian generalmente con el fútbol federado. Queremos demostrar que el fútbol no federado también presenta esas características. En Bolivia, por fuera de las federaciones, se organizan competencias con un alto nivel futbolístico, que congregan a muchas personas alrededor de las canchas y promueven una variedad de procesos sociales.

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