Notas sobre ‘otro fútbol’ boliviano
Juliane Müller y Mario Murillo - investigadores
Dicen que, de joven, don Juan Lechín fue a trabajar en Siglo XX-Catavi
porque jugaba muy bien al fútbol. En El katarismo de Hurtado se lee que
don Genaro Flores reunía a las comunidades del altiplano con encuentros
de fútbol y que, por ahí, se habría ido conformando la CSUTCB.
Luis H. Antezana, Un pajarillo llamado “Mané”
El relato convencional que cuenta la historia del fútbol boliviano
vincula la llegada de ingleses para la construcción de ferrocarriles y
la fundación del Oruro Royal, el primer club en el país, el 26 de mayo
de 1896. En la ciudad de Oruro, el juego, entretenido y accesible,
llegado a Bolivia y a los demás países latinoamericanos desde otro
hemisferio fue seduciendo a los vecinos y desde ahí se diseminó hasta
otras capitales departamentales.
Esa versión dirige
su mirada al devenir de las asociaciones deportivas urbanas: los clubes
de fútbol que se formaron en las ciudades y las entidades bajo las
cuales se afiliaron. La historia narra las etapas que estas entidades
vivieron: primero el amateurismo, después el “profesionalismo” hasta la
Liga del Fútbol Profesional Boliviano. Y relata tanto la evolución de
los equipos locales como de la selección nacional, con un énfasis en las
transiciones que estas organizaciones han ido atravesando hasta llegar
al actual sistema federado.
Sin embargo, la
diseminación del fútbol en Bolivia ha sido más diversa de lo que tal
versión pone de relieve. En algunos lugares empezó a practicarse
tempranamente, en otros relativamente tarde. Las condiciones que
posibilitaron esta recepción fueron diferentes. Mientras que en Oruro el
ferrocarril, la minería y el personal inglés y chileno de ambos
sectores resultaron determinantes, en La Paz el fútbol ganó jugadores
gracias a marineros e ingenieros ingleses, estudiantes bolivianos
retornados de Inglaterra y misiones religiosas. En Tarija y en áreas
rurales fronterizas de Oruro y de La Paz, parece clave la migración
circular a Argentina y Chile, donde los migrantes partieron para
trabajar en la agricultura del norte argentino y como vendedores de
carnes y verduras de la economía salitrera chilena.
La historia de la popularización del fútbol ha de tomar en cuenta
dimensiones aún más particulares: incontables historias sobre la llegada
del fútbol a comunidades y escuelas mediante una persona concreta y en
una situación singular. Müller comparte la historia que narra Toribio
Claure en un libro de recuerdos sobre la escuela rural de Vacas
(Cochabamba) en la década de 1930, mientras Quisbert cuenta qué
tejemanejes se urdieron en 1953 alrededor del Primer Campeonato Obrero
de Fútbol. En esta trama, el fútbol fue extendiéndose también entre 1910
y 1940 a través de las escuelas indigenales.
WARISATA. Una de las expresiones más interesantes de este proceso es el
caso de Warisata, que Müller analiza en este volumen. Paralelamente al
fútbol boliviano oficial, el balompié con pelota de trapo (tejeta) ha
existido al menos desde la década de 1920 en el departamento de La Paz,
seguido por el fútbol jugado en los sectores populares e
indígena-campesinos, ya más institucionalizado. El artículo histórico de
Quisbert reconstruye cómo la práctica del fútbol poco a poco fue
arraigándose en Bolivia hasta la Revolución de 1952, que aceleró su
popularización. El autor arroja luz, también, sobre otro aspecto de esa
historia: en las áreas rurales, el fútbol se ha visto íntimamente ligado
al surgimiento de los sindicatos campesinos, cuyas directivas incluían
secretarías de deporte dedicadas, casi en exclusividad, a la
organización de campeonatos de fútbol.
Estas
historias demuestran que la institucionalidad, creada para organizar la
competición, no fue desde el principio un atributo solamente del fútbol
federado. De hecho, pensamos que uno de los rasgos significativos en
esas otras narrativas es la intención por normar y regular la práctica
futbolística y de esta manera ritualizarla en términos competitivos.
El fútbol como juego que opone y contrapone, en diversos niveles, a
personas y comunidades, a equipos y facciones, no tiene rival en
Bolivia. Es la actividad que cuenta con más seguidores y practicantes.
Mueve más recursos que todos los deportes en su conjunto. A través de la
selección boliviana, el fútbol expresa la implicación social colectiva
en el “Espíritu Nacional” y se hace presente en las calles y en las
escuelas. Es más, a lo largo del tiempo, una minuciosa labor de creación
de instituciones ha ido expresando una organización en colectivos,
estructurada pero disruptiva de las obligaciones cotidianas.
LIBRO. En este libro nos hemos propuesto estudiar diversas facetas del
fútbol boliviano, por fuera de las federaciones mayores: cómo en Bolivia
el fútbol ha devenido una herramienta de organización social y una
importante fuente de sentido, donde juegan lo suyo la competitividad y
la ritualidad. Los textos aquí reunidos transitan los caminos del balón,
lo siguen por campeonatos, ligas y asociaciones sociales y deportivas
en barrios periurbanos, en comunidades rurales, y en países donde ha
llegado una fuerte migración boliviana. Ninguno de estos procesos
pertenece al sistema federado. Sin embargo, como veremos más adelante,
eso no implica que sean espontáneos y privados de toda formalidad; antes
bien, todos los partidos y eventos que se tratan en este volumen son
actos públicos, que requieren cooperación y promueven compromisos.
La organización, la competencia, los espectadores, el entrenamiento y
la dedicación como practicante se asocian generalmente con el fútbol
federado. Queremos demostrar que el fútbol no federado también presenta
esas características. En Bolivia, por fuera de las federaciones, se
organizan competencias con un alto nivel futbolístico, que congregan a
muchas personas alrededor de las canchas y promueven una variedad de
procesos sociales.
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